A quién pueda interesar.
A groso modo, esta que cuento es mi vivencia y cada cuál tendrá la suya.
Uno empieza en este mundo sobretodo intentando conocer y comprender la técnica fotográfica, qué es el diafragma, el obturador, etc. cómo funciona y cómo me aclaro con una cámara réflex en mis manos para conseguir lo que quiero conseguir (en realidad uno -entiéndase yo- no sabe qué quiere conseguir, excepto entender). Son los días en los que se tiende a pensar que una buena fotografía es producto de una buena exposición. Pronto se acaba comprendiendo que además de una toma perfecta que no siempre es posible, se necesita de una ayudita en Photoshop para acabar de ultimar ciertos detalles como las dominantes, el contraste, etc.
Con ello se inicia una fase de exploración del Photoshop que pasa de leve a exagerada en cuestión de YA. Descubrir cómo podemos cambiar completamente una imagen con cuatro controles a nuestro alcance es una droga de la que es difícl desengancharse. Muy difícil.
Ahí estás con tu empeño en conseguir la imagen perfecta (en realidad no sabes que buscas la calidad perfecta). Ves algunas imágenes de otros fotógrafos amateurs, como tú, y tu mente te dice que no tienes el equipo adecuado. Que ya es hora de empezar a tener algo mejor para así sacar mejores fotografías y poder procesarlas mejor en photoshop.
En clase, mientras, vas descubriendo a los grandes autores clásicos y a los grandes fotógrafos actuales. Suele suceder que se centran básicamente en la fotografía de tipo documental, de reportaje o fotoperiodismo, y en menor medida algo de moda, algo de publicidad, algo de autor y algo abstracto/conceptual. Es una maravilla. Todo te encanta. El mundo es un abanico lleno de posibilidades y sólo tienes ganas de salir a la calle y fotografiar todo lo que ves. Con tu nuevo equipo y una sonrisa en la cara, acumulas imágenes y acumulas tiempo tratándolas en photoshop, buscando encuadres imposibles (que crees originales) y buscando el tratamiento de este, ese y aquel fotógrafo. Tu cabeza sigue la ley del tratamiento perfecto igual a imagen perfecta, sin tener en cuenta otras cosas seguramente más importantes. Además, tienes mil estilos en la cabeza, un mejunje de todos los fotógrafos y estilos que te gustan, que ni sabes ni te planteas que tienes y debes ordenar.
No pasa mucho tiempo cuando uno -repito, yo- se sorprende pensando en aquél día cuando pensabas que con un equipo mejor, tendrías mejores imágenes. Tienen más calidad, más definición, mejor color, pero no son mejores.
No sólo cuesta aceptarlo, sobretodo cuesta darse cuenta. Y eso no ocurre hasta mucho tiempo después. Cuando las imágenes que exploras ya no son las de flickr. Sin saber cómo, paulatinavemente dedicas más tiempo a mirar webs personales, proyectos y series, y descubres una cosa que por ser tan evidente, se te había pasado por alto: En líneas generales una imagen no es mejor o peor que otra, una imagen es lo que transmite. Y repito, en líneas generales. Y bajo mi único punto de vista, cada cuál tendrá el suyo.
Te encuentras -sigo siendo yo, no tú- en un momento de desconcierto. Has llegado a un punto en el que te lo empiezas a cuestionar todo de otro modo. Pero comprendes que es necesario haber pasado por ese recorrido para tomar uno propio, o al menos intentarlo. Pensamiento: para llegar a él, al camino propio, quedan muchos años… Pero está bien, el saber no ocupar lugar. Uno empieza a asumir que es tanto la calidad -que sí- como la intención.
La necesidad de avanzar sigue ahí; el deseo, la ambición de alcanzar una meta ficiticia en la que no exista la frustración, sino la complacencia. Avanzar, sin embargo, a veces significa retroceder. Retroceder en el tiempo a un punto importante en el que el uso del photoshop vuelve a ser mínimo. Sólo lo justo y necesario. Y retroceder a un tiempo que sólo el analógico puede darle a uno (insisto en ese punto). Porque después de mucho digital y después de ir quemando etapas, uno acaba sintiendo la necesidad de volver a los orígenes. Tomas consciencia de ello cuando descubres que llevas más horas mirando e investigando autores que saliendo a tomar fotografías. Autores que casi con toda seguridad, disparan en analógico. Y transmiten. Sus imágenes transmiten. Piensas que el analógico transmite mucho más que el digital.
Más adelante comprendes que no. No es el medio, es la actitud. Y te das cuenta que tu actitud con uno y otro medio te cambia hasta el respirar con la cámara en la mano.
No me enredo. Sigo. En ese punto ya no te gustan todos los autores ni todo lo que ves. Te das cuenta que la mitad de tus páginas guardadas en favoritos de internet a lo largo de algunos años, no sólo no te dicen nada sino que ya ni te gustan ni te inspiran. Y ahí tomas consciencia de tu evolución. Es como la diferencia entre la veintena y la treintena. Con veinte años nos apuntamos a todo. Con trenta elegimos a lo que queremos apuntarnos. Y en ese sentido, vamos delimitando un territorio que era inmenso al principio y lo vamos reduciendo al punto de cada uno.
Empieza una nueva etapa que es más sacrificada que la anterior y que sin embargo, te aporta mucho más. La incerteza del momento, en la que la captura depende de tus conocimientos y a veces del azar, te obliga a tomar una consciencia de lo que haces, que no existe en el digital. Y empiezas a aborrecer el digital, aunque inevitablemente lo sigues usando porque no sólo es cómodo, es más barato. Probablemente se acabe combinando ambos mundos, haciendo un uso práctico del medio. A modo de respuesta, uso el analógico para mis cosas más personales / para aquello que considero más bello. Aún así, el analógico no es la panacea. Tiene su proceso de aprendizaje, seguramente tan largo como el que te ha llevado hasta él, pero lo abordas desde un camino recorrido de aprendizaje con el digital que aunque breve, es importante. Y desde ese pequeño conocimiento adquirido, empiezas a intuir que no hay ninguna meta ficticia, que la fotografía son metas que vas cruzando, que no existe un final sino que todo es y será un recorrido. Y ese es el punto, el placer de recorrerlo.
Dentro de cuatro años, la segunda parte, que seguirá siendo breve. Porque serán ocho años a cuestas y según se dice y confirma, un fotógrafo lo es diez o once años después. Y me lo creo.